El ser humano nace y muere de igual forma. Cada ser tiene la necesidad de tener esperanza, por lo menos, a una vida digna. De igual forma, cada ser humano tiene necesidad de una cultura, en un tiempo transmitida por tradición oral, después escrita y ahora también multimedia y digital.
Cuando el poder sobre los hombres emanaba, en última instancia, de los embajadores de Dios en la Tierra, el Estado apenas servía para mantener el status quo de cada cual. Después de la Revolución francesa y durante todo el siglo XIX, en el territorio de aquello que llamamos España se ensayaron todas las combinaciones posibles de formas de Estado. Incluso se llegó a la paradoja durante la segunda mitad del siglo de guerras entre Estados federales, como por ejemplo el de Utrera contra el de Sevilla. Luego llega la aportación intelectual y filosófica del marxismo y anarquismo para corregir aquello que el liberalismo, como contrapartida al Antiguo Régimen, no solucionaba.
En un mundo en pleno proceso de una globalización brutalmente neoliberal, a la usanza del siglo XIX, pero a lo grande, sin tenerse en cuenta las variaciones del escenario (superpoblación, escasez de recursos, cambio climático), el Reino de España, Estado de las Autonomías, atado todo y bien atado por nuestra Carta Magna, en que Cataluña tiene asignado el papel perpétuo de eterno burro que tira del carro, amén de ser el anticatalanismo un típico recurso folklórico que ha unido a todos los españoles durante décadas. Mi abuelo, José, andaluz, se negó en redondo a emigrar de su tierra allá por los años 60 argumentando que “Barcelona era el tio de la goma, que todo lo toma”. Así, en pleno siglo XXI ha seguido siendo la tierra de acogida, de la inmigración multicultural en masa, apelotonada y en ocasiones incluso rebotadas de otros territorios de España. A veces me pregunto, ¿por qué debe el territorio de Cataluña generar tanta riqueza? ¿Acaso si fuera un territorio con menor generación de riqueza, la solidaridad interterritorial sería la misma, pero en sentido contrario? Lo dudo.
Algún día allá por los años iniciales de Transición Democrática alguien jugó bien la partida del reparto de la caja única del Estado. Lo que entonces no se sabía que esas reglas iban a ser eternas, con el mismo derecho adquirido por Cristóbal Colón sobre los territorios de Nuevo Mundo, donde no hizo falta pedir ni agradecer nada a nadie.
Después de todo lo andado, en estos últimos 5 años, me pregunto, ¿con qué cara se va a presentar ahora el Presidente Zapatero cuando venga a que le escuchemos en algún pabellón o plaza pública catalana? ¿Y nuestra Viceministra, María Teresa? Incluso la militancia del PSC proveniente de la antigua Federación Cataluña del PSOE, la de mayor edad dentro del partido no apoya este gran embuste, no sólo contra los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña, si no contra el Estado de Derecho. No hace falta recurrir a argumentos sentimentales sobre aquellas partes del pasado colectivo del territorio de Cataluña, como la actitud de la Reina Ana de Inglaterra, hace algunos siglos para entender que este es otro infortunio que añade más leña al fuego en la incompresión y el insufrible victimismo que se alarga para nunca acabar de construir un Estado Español normalizado.
La verdad que no sé qué va a pasar ahora, pero yo creo que algo va a pasar, civilizadamente, como la cosa siga como está. Igual que la gente en Cataluña no es tonta para creer las mentiras de algún partido político, ni los argumentos vacíos de otro, tampoco lo va a ser para digerir el derrumbe de este castillo fantástico, convertidas finalmente las piedras en naipes.
J.Luis García Avilés
Cartas al director de El País
Agosto 12, 2008 a 8:23 pm (Sociedad)
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